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Somos instrumentos de Dios

Chiara Oltolini

Mi nombre es Chiara, soy italiana y, gracias al proyecto MilONGa, pasé tres meses como voluntaria en la Asociación Nuestra Señora Reina de la Paz (ANSPAZ), una de las 23 comunidades del Condominio Espiritual Uirapuru, en Fortaleza (Brasil). Planificamos mi experiencia con seis meses de antelación, porque estaba segura de que el momento era ideal. El día que compré los pasajes, sentí una gran alegría y quería contarle a todo el mundo lo que iba a pasar dentro de seis meses. La espera fue larga, pero recuerdo que cada día que pasaba, mis pensamientos viajaban a esta comunidad, empezaba a imaginarme a los niños, lo que podría hacer con ellos, y en ningún momento tuve una sensación de miedo, sentía que era exactamente lo que quería vivir en ese momento de mi vida. Los objetivos que tenía en la cabeza eran muchos. Además de “hacerme uno” con los misioneros de la comunidad, pensaba participar en el mayor número posible de eventos y conocer a la gente del barrio, la realidad de su vida cotidiana. También quería crear vínculos duraderos con los niños y las personas más necesitadas que encontraría. A través de todo ello, mi mayor objetivo era aumentar mi fe y conocer la fe carismática de los cristianos brasileños.


Cuando llegué, vi la primera escena que me hizo comprender la gracia que tenía en ese momento. Llegué al aeropuerto y no me esperaba nada de lo que vi delante de mí. Montones de niños dándome la bienvenida con canciones, banderitas italianas y brasileñas y sonrisas maravillosas en sus caras. Fue realmente Jesús quien dijo: "Bienvenida a Brasil" y lo hizo a través de las creaturas más puras que pueden existir: los niños. Fue una noche llena de sorpresas y sencillez que abrió inmediatamente mi corazón al encuentro con estas personas.

El lugar donde vivía era verdaderamente feliz. La casa de los misioneros que me acogieron está justo enfrente de la casa del proyecto, donde noventa niños llegan cada día en dos clases, de mañana y de tarde, trayendo amor, alegría, preguntas, ganas de aprender y de jugar en un lugar seguro, lejos de los peligros del barrio y de las tristezas familiares que se ven obligados a vivir una vez que vuelven a casa.


En aquellos meses, la gente de la comunidad del barrio y los voluntarios del proyecto supieron darme un amor incondicional y gratuito, de modo que a los pocos días ya me sentía como en casa, libre para participar en las actividades, coordinar las salas de los niños, rezar y jugar con ellos y servir en el comedor. No había temor entre nosotros, todos reconocían nuestra unión en Cristo, en un ambiente de paz y oración diaria, gratitud y respeto mutuo. El barrio de la comunidad es un barrio pobre a las afueras de la favela, a pesar de ello nunca tuve miedo de caminar por la calle. La gente reconoce el trabajo de los misioneros, que actúan con caridad y sin ningún prejuicio.


Es muy difícil organizar mis recuerdos y decidir cuál fue el mejor, porque todos los días me sentí querida y tuve la oportunidad de amar, y eso siempre es maravilloso. Puedo decir que uno de los momentos que más feliz me hizo fue el día que nos subimos a un auto y recorrimos todo el barrio entregando paquetes de alimentos a las familias más necesitadas. Los sinceros "gracias" de los hombres, mujeres, ancianos y niños aquella noche entraron en mi corazón y despertaron este fuerte deseo de hacer más por ellos.


Esta experiencia de entrar en contacto con la gente más pura, los niños y los más pobres, me enseñó que no hay mayor alegría que entregarse por el otro, compartir historias de vida, hablar de tus propias fragilidades y encontrarte parecido a esa persona que nunca habías visto, pero que ahora está frente a ti y acaba de convertirse en tu hermano.

Siempre estaré agradecida a la gran familia del CEU en Fortaleza por acogerme con tanto cariño y por mostrarme las bellas obras de Dios en forma de comunidades y carismas, un mundo que antes no conocía y que ahora veo tan cerca de mí y quiero que forme parte de mi vida. En mis proyectos futuros veo la dedicación al prójimo, la fraternidad que experimenté con los focolares y el amor puro que aprendí de los niños.


Los últimos días que pasé en Fortaleza estuvieron llenos de alegría, ya que participé en el festival Halleluja y pude cantar, bailar y rezar con muchos hermanos del CEU. Al mismo tiempo, un sentimiento de tristeza y vacío comenzaba a surgir en mi corazón cuando pensaba que iba a tener que dejar todo lo que había construido durante los tres meses anteriores. Sucedió una de las últimas noches que, durante una conversación con un hermano, estaba compartiendo este sentimiento mío con él y me dijo lo siguiente: "Chiara, estoy triste porque te vas, encontré una verdadera amiga y no quiero que te marches, pero te diré que estoy feliz porque conocerte me dió más fuerza para continuar con mi misión, porque estaba pasando por algunas dificultades en mi vocación y tú fuiste capaz de darme la motivación que necesitaba en este momento. Ahora me siento más firme y quiero esforzarme por continuar". Después de aquella conversación, comprendí que somos instrumentos de Dios, que me ha puesto ahí con una misión, o varias, y que las personas que pone en nuestro camino nunca son casuales. Fue entonces cuando empecé a darme cuenta de que mi tiempo se acababa y quedé impaciente por saber qué otra misión tenía planeada para mi vida.



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