SEGUNDA PARTE - Una puerta al mundo que se abrió y permaneció en mi piel
- MarĆa Luz PeƱa
- 16 nov 2023
- 5 Min. de lectura
Caterina Mazzullo

¿CuÔl es la diferencia entre un turista y un viajero?
Tal vez la idea de que el viajero consigue romper totalmente esa barrera que hace de pantalla, y divide su realidad y su vida cotidiana, de aquella en la que estĆ” completamente inmerso. El frenesĆ con el que vivĆa sus dĆas, las preocupaciones que invadĆan o ahogaban su mente, se aplanan y se ponen a cero en el momento en que el viajero decide vivir lo que tiene delante, el presente.
Un presente hecho de tiempos diluidos, hecho de espera y sencillez.
Porque lo cierto es que en Occidente nos dejamos llevar por una prisa injustificada, casi como si nos persiguiera un miedo muy arraigado. El miedo a perder el tiempo, el miedo a no haber vivido lo suficiente.
Si hay algo que aprendĆ en el LĆbano, concretamente en Beirut y en las montaƱas de Beirut, fue la lentitud con la que uno experimenta y saborea las cosas.
Y precisamente por eso es necesario unificar estas dos vĆas fundamentales, porque la debilidad y la fragilidad de cada uno de nosotros se manifiesta en el momento en que volvemos a casa, en el momento en que volvemos a entrar en contacto con nuestra realidad anterior, y nos damos cuenta de que hemos experimentado algo verdadero, algo imprescriptible.
Mi labor allĆ fue muy diversa. TrabajĆ© con niƱos durante alrededor de un mes, en un centro de Baabdet, una pequeƱa ciudad en las montaƱas de Beirut. AllĆ, por primera vez, sentĆ que yo tambiĆ©n tenĆa un rol, que por primera vez tenĆa que cuidar de otros, ademĆ”s de mĆ misma. Por primera vez, tuve que contener mis emociones y mostrarme un poco como un superhĆ©roe ante las dificultades que experimentaban estos niƱos. Creo que una de las sensaciones mĆ”s fuertes a las que me he enfrentado fue darme cuenta de que las condiciones en las que viven estas personas representan la normalidad para ellos. ĀæQuiĆ©n soy yo para desmentirles? ĀæQuiĆ©n soy yo para decirles que hay algo mĆ”s en la vida de lo que ellos experimentan?
Recuerdo perfectamente las palabras de Gabrielle, otra voluntaria del centro, cuando le preguntĆ© cómo podĆa ayudar a Diana, una niƱa que lloraba desesperadamente por una caries. EstĆ”bamos de excursión, habĆamos llevado a todos los niƱos a la piscina. Gabrielle se limitó a decirme que no podĆa, que no era nuestra tarea, que no somos mĆ©dicos y que la mayorĆa de los niƱos allĆ tienen caries o pierden los dientes por las malas condiciones higiĆ©nicas.
Puede parecer fĆŗtil o efĆmero, muchos imaginan voluntarios en situaciones casi folclóricas para nosotros los occidentales, como trabajar con familias en favelas o salvar niƱos en Ćfrica en situaciones de guerra. En cambio, yo en el LĆbano vivĆa a diario con estos niƱos y en lo que para nosotros pueden parecer banalidades encontrĆ© mis respuestas.
Recuerdo que cuando terminó el campamento de verano, una niƱa tuvo que quedarse en el centro porque nadie vino a buscarla. Una semana despuĆ©s tuvimos que acompaƱarla nosotros a ācasaā. Ni siquiera siento que puedo llamar casa a esa chabola. El padre borracho gritaba desde la ventana. No tuve el coraje de salir del auto.
AdemĆ”s de acompaƱar a estos niƱos en el centro, tambiĆ©n pasĆ© algĆŗn tiempo en un hogar de ancianos, se llama Ā«Le foyer des tetes blanchesĀ». Esas dos semanas en particular fueron muy intensas. AllĆ experimentĆ© algo totalmente nuevo en todos los aspectos. No tenĆa ninguna tarea precisa o esencial dentro de la casa.
Reconozco que los primeros dĆas tuve que hacer un gran esfuerzo fĆsico y mental para adaptarme a lo que era y es la rutina diaria de este grupo de 12 ancianos. Si en el centro bastaba una sonrisa, un abrazo o, en la mayorĆa de los casos, una pelota para cuidar a los niƱos, en el hogar de ancianos me di cuenta de que mi trabajo allĆ nunca podrĆa ser tan ādeterminanteā o āincisivoā como me hubiera gustado. Trabajar con niƱos significa dejar una huella, ademĆ”s de una contribución educativa, que sus familias no siempre logran dar, debido a su ya escasa estabilidad económica y a su fragilidad relacional y afectiva. El objetivo reside en la promesa o la confianza de que sus difĆciles condiciones puedan mejorar y esto no siempre ocurre, pero la ayuda prĆ”ctica de los voluntarios que ponen las manos en la masa aporta un claro mensaje de āesperanzaā.
Al contrario, mi experiencia cuidando ancianos me ha completamente 'balancĆ©e'. El contacto constante con la muerte, al que ellos mismos estĆ”n sometidos cada dĆa, y la aparente inmovilidad, inmutabilidad y parĆ”lisis de sus vidas, es algo que deja huella en cualquiera que entre en contacto con una realidad asĆ. Sobre todo cuando se proyecta en un paĆs como LĆbano, que ha vivido y vive una situación polĆtica muy crĆtica. Recuerdo las conversaciones que mantenĆa con Antoinette en la mecedora, una vez me encontrĆ© contando el nĆŗmero de veces que repetĆa la palabra "misĆØre" en sus frases.
Ā«Comment tu veux te soigner lorsque tu es dans la misĆØre, cāest un pays plongĆØ dans la misĆØre, il nāy a que de la misĆØre. Ā»
Antoinette no fue la Ćŗnica con la que tuve ocasión de hablar, aunque reconozco que de todos era la Ćŗnica que aĆŗn podĆa mantener una conversación propiamente dicha. Le gustaba llamar a aquella casa Ā«commedieĀ», porque segĆŗn ella todos estaban un poco locos.
AllĆ me di cuenta de que la vida de estas almas no tiene posibilidad de Ā«bougerĀ», que viven tal vez esperando la muerte, casi sin contar el tiempo. Repiten todos los dĆas las mismas acciones sencillas, muchas de ellas no tienen parientes ni amigos, parecen casi abandonadas a sĆ mismas. Entonces, Āæcómo volver a casa, cómo dejar atrĆ”s esta autoconciencia?
Algo dentro de mà explotó.
El Ćŗltimo perĆodo lo pasĆ© en el Centro MariĆ”polis del Movimiento de los Focolares. AllĆ me encarguĆ© de organizar el taller que reunirĆa a adolescentes de todo Oriente Próximo. TambiĆ©n aquĆ, por primera vez, experimentĆ© algo totalmente nuevo.
Mi rol durante este taller nunca estuvo definido con precisión, casi podrĆamos llamarlo āfluidoā. No habĆa una frontera real entre los niƱos y yo, dada tambiĆ©n la efĆmera diferencia de edad. AllĆ me encontrĆ© con que tenĆa que ser asistente y niƱa al mismo tiempo. TenĆa derecho a llorar, a dejarme llevar cuando mis emociones me dominaban, pero tambiĆ©n tenĆa que mantener la lucidez, ocuparme de esos niƱos, levantarlos cuando lo necesitaban. TenĆa que ser una entidad Ćŗnica, sin un papel especĆfico, simplemente tenĆa que estar ahĆ, presente y reactiva.
Al taller asistieron jóvenes de distintos paĆses: LĆbano, Siria, Jordania, Irak, Argelia e incluso un pequeƱo grupo de Italia. En esas dos semanas, experimentamos en carne propia que la espiritualidad no es Ćŗnica y que diversidad no significa carencia.




