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Segunda Parte: "Un Mundo de Tierra roja para disfrutar y compartir".


Además de este proyecto que tenía lugar por las tardes, me involucré en otro por las mañanas, una idea que surgió y se realizó durante mi estadía y en la que inmediatamente participé de forma activa. Fue una experiencia fuerte que me enfrentó a la realidad "cruda y desnuda" en un contexto social lleno de contradicciones. Una relación auténtica y humana cara a cara con una adolescente olvidada del barrio.


"¿A qué hora te veo mañana Profe, a las 6?", "Profe Martina ¿puedo ir a Italia contigo?” o cuando me veía llegar y corría hacia mí para abrazarme. Eramos ella y yo, en nuestras mañanas de "compartir". Todo esto me hizo reflexionar sobre el valor, la singularidad, la dignidad y la igualdad de cada ser humano y cuánto, incluso un pequeño "ladrillo", puede marcar la diferencia en la vida de un niño.



Durante algunos fines de semana, en los días que tenía algo de tiempo libre, debido a mi "deformación profesional”y mi innata curiosidad, fui esplorando los alrededores utilizando el transporte público (una verdadera aventura en el "colectivo": un autobús sin paradas ni horarios), me dediqué a visitar pueblos, comer con los lugareños en los mercados, haciendo pequeñas compras en las tiendas de artesanía, entrando casi a escondidas en las “fábricas" y las realidades locales, teniendo así la posibilidad de una visión más amplia y completa no solo del proyecto, sino del propio país.


Observar (y no sólo mirar) me permitió contextualizar y conocer aún más el contexto en el que vivía y trabajaba.


“Paraguay es improvisación y cada día una aventura", me decía Miguel. Y yo le respondía con una sonrisa en los labios y una carcajada: "¡me he dado cuenta!".


Mis días eran días de Vida, no los gastaba,

sino que los vivía plenamente en el presente.


De Paraguay, que en idioma Guaraní paraguayo significa "Océano que va hacia el agua", traigo a casa: enriquecimiento y evolución interior; el conocimiento de nuevos pueblos, culturas, tradiciones y contextos geográficos; el valor del tiempo y de la espera; calor humano; la capacidad de confiar en los demás; la improvisación y no solo la planificación; asombro; la capacidad de experimentar lo desconocido con curiosidad y no con miedo; gratitud diaria; fe; valor humano y no material; la costumbre de dar una nueva vida a las cosas reciclando; el sentido de pertenencia a una comunidad; la conciencia de cuánto se puede dar y recibir en un intercambio de amor; el ayudar por placer y no por obligación; el descubrimiento de que mi forma de afrontar la vida cotidiana es solo una de las muchas posibles; el saber ver nuevas perspectivas; la aptitud para seguir el curso del sol, el ritmo y la vitalidad de la naturaleza; el reconocer la singularidad y el valor de lo que ocurre a lo largo de cada día, sin necesidad de llenarlo todo con actividades programadas; la conciencia de mi capacidad de adaptarme y de cambiar ante situaziones nuevas; la percepción de que los momentos difíciles se pueden recompensar tan solo con la satisfacción de haberlos superado; mi “yo” en un nuevo aspecto; vivir y ser plenamente en el presente y no en las proyecciones futuras; la desconexión del mundo digital; la capacidad de dedicar momentos de auténtico intercambio a la escucha empática; captar la esencia de los lugares y las personas y saber hacerla mía; la libertad de ser yo misma.


Recuerdo cada uno de los días de estos dos meses, y tengo la sensación de haber vivido lejos durante todo un año. No fue sólo una experiencia, fue un trozo de vida.


El día en el que tenía que regresar a Italia, me pregunté cómo me las arreglaría sin los niños, los profesores, mi familia paraguaya, sin la gente del Barrio. Fue entonces que me di cuenta de que lo que me había enriquecido no podía convertirse en una carencia de algo.


“Nada es pequeño si esta hecho por amor”


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