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QUERIDA BOLIVIA

JUDIT PLADEVALL


Querida Bolivia,


Yo te escribo para que no me olvides. Estando a 9.585 Km de ti, te pienso.


Pienso en aquellos días que llegué, después de un largo viaje y años de ahorros. Mi aventura empezó con muchos nervios positivos, y con el propósito de redescubrir y descubrir una realidad completamente diferente a la mía. Al principio no fue nada fácil, llegar a un sitio nuevo, tan diferente de mi casa. Tuve que dejar los miedos a un lado y aprender a desaprender todas mis lógicas europeas, mis costumbres y mis raíces para empaparme de ti.


Tuve suerte, me encontré a bonitas personas que lo hicieron más fácil y lo convirtieron en una de las experiencias más ricas que he tenido en toda mi vida.



Algunas de estas personas son jóvenes que los viernes por la noche, en vez de salir de fiesta para olvidar sus problemas, se pasan la tarde cocinando para poder ofrecer, por la noche, un plato de comida a los sintechos, ofrecerles una oreja que les escuche o un abrazo a quien no lo tiene.


Ellos toman los problemas de los demás como suyos y de ese modo tejen una red y ambos problemas se diluyen, al menos por unos instantes del viernes por la noche. Es un golpe de realidad dura, que gracias a sus acciones de acompañamiento consiguen endulzar.


Además, invierten sus domingos para dar felicidad, alegría y cariño a muchos niños (y digo muchos porque lo son) del barrio alto de Cochabamba. Pasan juntos los domingos haciendo talleres, juegos y todo lo que se les ocurre para traer alegría allá donde es más difícil que llegue. Estos jóvenes forman parte de la Casita Girasol, una pequeña asociación de Cochabamba.



También me encontré con los docentes de la Escuela Arco Iris de la Paz, que se encuentra dentro de la comunidad de La Casa de Los Niños. Es una escuela que rema a contracorriente para ofrecer luz y aprendizajes de vida a todos sus niños y niñas (que tampoco son pocos). En un entorno con pocos recursos y mucha complejidad, logran alimentar a más de 200 personas cada día gracias al comedor que organizan con las mamás y papás de la escuela. Me encantó trabajar con los profesores y su director, Gianluca, y llenarme de su energía positiva y esperanza. Esperanza para un futuro mejor por todos estos niños y niñas y para la calidad de vida de sus familias.


Y finalmente La Casa de Los Niños, para mí esta comunidad es una burbuja de liberación para familias o niños que pasan por un mal momento, es una burbuja de esperanza para la vida.


Y todo esto a ritmo boliviano!


Además estas personas me acogieron a mí. Me invitaron a subir a su furgoneta y acompañarlos por todas partes, me abrieron las puertas de su casa y de su escuela y me dejaron libertad para participar y aportar un granito de arena.


En muchos de los momentos de mi experiencia en Bolivia, aprendí que la generosidad no tiene límites y que la riqueza es la vida. También me invitaron en sus momentos, músicas y celebraciones más importantes, las Koa 's, el solsticio de invierno y los agradecimientos a la Pachamama… Está claro que la riqueza no la da la plata, porque eres un país de extremos a nivel de naturaleza, tienes selvas y desiertos, zonas de más de 4.000 metros sobre el nivel del mar (serralada de los Andes) y de menos de 100 m.s.n.m. (cuenca Amazónica).


Acompañarlos con esa mirada tan humana me marcó, me tocó el corazón. Me siento muy agradecida por haber podido conocer a todas estas personas que sin pedir nada a cambio, ofrecen lo que pueden para quien más lo necesita. Para mí, todo esto es ser gente despierta que siembra día a día para que, al cabo de los años, salgan nuevas semillas para volver a plantarse, crecer y florecer. Estas semillas son estos niños, que són la esperanza más grande del mundo.


¡Muchas gracias por vuestra tarea, amor y esperanza!

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