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Ofrecer la vida para cambiar el mundo


Cuando las personas en Suiza me preguntan por mi experiencia me vienen muchísimas imágenes, sobre todo caras. Caras, sonriendo por haber levantado los niños. Caras con rechazo cuando un niño tenía que comer algo que no le gusto. Caras de sufrimiento y apatía pero más que nada caras de felicidad, de una felicidad tan plena solo en la mirada que te está llenando y te estas preguntando: pero quien está ayudando, haciendo un servicio para quién?


Ya antes de irme a Bolivia estaba convencida que iba a recibir mucho más que iba a ser capaz de donar. No en forma de dinero sino en forma de momentos que llenan tu ser, que te impactan, momentos que puedes llevarte a tu casa o sea donde sea.


En mi segunda semana estaba hablando por teléfono con un amigo y le dije que estaba muy feliz por poder estar en este proyecto. El me pregunto si de verdad “feliz” era la palabra justa. Y pensándolo me di cuenta que muchas veces usamos la palabra “feliz” muy fácilmente para describir un momento bonito, para decir que estamos bien, afortunados, contentos. Pero estamos felices de verdad en estos momentos? No sé. Lo que sé es que yo estaba feliz en estas semanas. No feliz en el sentido que estaba sonriendo siempre, que no me costaba nada. Sino feliz en un sentido más profundo, una felicidad que tiene su raíz en el dolor. Porque viendo la comunidad allí uno ve felicidad. Felicidad y sufrimiento, mano en mano.


Creo que uno podría escribir un libro entero sobre cada persona, hacer una película con la historia de cada familia que vive en esta ciudadela. Yo sabía que existían estas cosas en el mundo, las historias feas y difíciles, pero estar en el medio de personas que estaban viviendo cosas tan duras me afecto mucho. Y con cosas duras quiero decir abusos, drogas, crímenes, violencia, enfermedades, no saber cómo alimentar su familia en la semana siguiente por falta de dinero.Pero en mismo tiempo, como ya he dicho, me encontré en una comunidad tan contenta, tan feliz y agradecida por las cosas más pequeñas. Con una comunidad que me enseno cosas para toda la vida.


Cuando llegue, en mis primeros días, me costaba bastante. No entendí bien el “sistema”, el ritmo de esta realidad. Hasta que entendí que la estructura muchas veces significaba no tener una estructura; que el ritmo más que nada se forma cada día de nuevo. Mi trabajo principal era estar en la casa, ayudar a los niños allí (como casi todos en esta casa tienen discapacidades, físicas y mentales, hay que ayudarles y estar con ellos 24/7), lavar los platos, limpiar, cocinar, participar en los proyectos que tenía la casa, pero también estar con los niños de la ciudadela, jugar, etc.


Como no teníamos horas fijas para trabajar teníamos la libertad total sobre cómo pasar nuestro tiempo. Era una de mis primeras experiencias cuando sentí que nadie me estaba obligando para nada, que dependía solo de mi iniciativa si estaba haciendo algo o no. Por eso valió todavía más cuando estaba haciendo las cosas que me costaban; desde el principio me había dicho que quiero usar estas semanas para ponerme totalmente en el servicio de la casa de los niños; hacer lo que hace falta, sea la cosa más pequeña porque todavía no entendí bien el proyecto, las cosas que nadie vio pero que había que hacer, las cosas que me causaron rechazo o ganas de tirar la toalla. No sé si logre a hacerlo cada día por 100% pero lo que sé es que me levante cada día con el mismo propósito y lo trate desde el primer hasta el último día.









La cosa hermosa era que sentía que con cada día mis 100% crecieron, me sentía capaz de dar más y más. Me acuerdo por ejemplo que en mi primer día no logre a desayunar porque todos los olores, sonidos y cosas que vi me causaron asco. Y me sentía como una persona horrible porque quería ayudar pero había como una barriera que no me dejo. O también estaba unas días enferma, mal de estómago por la comida que era muy distinta y no podía hacer tantas cosas. Esas son algunas de muchas experiencias, pequeños momentos cuando sentí que tenía que dar un paso.Y así di mis pasos, día por día. Lo que se me quedo al final era la sensación de poder ver atrás de una enfermedad, de conocer la persona en todas sus formas posibles. Aunque el ser humano en frente de ti no puede hablar, moverse, comunicarse – es siempre una persona, con sus preferencias, sus humores. Descubrir que un niño amaba ser acariciado en la cabeza, que está sonriendo cuando das un beso en su frente, aprender que comida gusta a que niño porque la está comiendo más rápidamente que la otra… cada aprendizaje formo una estrella fugada brillante en el cielo de mi experiencia. Aunque al principio no parece la cosa más agradecida, darles comida, bañarles, cambiarles las panales, seria mentira decir que nunca venia algo de vuelto de ellos. Te agradecieron con una sonrisa, cuando apoyaron su cabeza en tu hombro, cuando tomaron tu mano solo para tenerla.


Como ya he dicho justo ahorita, unas cosas parecieron más agradables que otras. Pasar la tarde afuera jugando con los niños es seguramente más lindo que estar adentro limpiando la heladera y la cocina. Pero ya en mis primeros días aprendí que hay dos formas de ayudar; uno puede ayudar por recibir la palabra “gracias” al final, por sentirse mejor haciendo una cosa buena. Y está bien, estas personas seguramente hacen cosas buenas e importantes. Pero también hay otra forma de ayudar; ayudar en el sentido de poner sí mismo en el segundo, tercero, cuarto lugar y el otro y sus necesidades como prioridad sin condiciones. Ayudar pensando solo en el bien del otro y no en lo de sí mismo. Haber entendido eso ya no me costaba tanto, ya no era la pregunta de que tenía ganas para hacer, sino contaba solo el otro, el niño en la casa, los adultos que están donando todo de sus vidas por el proyecto, la escuela, el voluntario al lado mío, todos los demás. Haber entendido eso ya no quería ayudar; quería “ser ayuda”, vaciarme de mis preferencias, mis ideas como algo tendría que ser o funcionar y simplemente dejar el espacio en mi por la ayuda.


Sentí esta diferencia también muy fuerte cuando íbamos siempre los viernes a dar comida a las personas de la calle. Si, quería ayudar. Pero – aunque esa pobreza que no hay en Suiza era de una manera rara fascinante – no quería observar, mirar solo por haber visto una pobreza tan grande. Lleve la comida, hable un poquito con ellos y me fui de nuevo. No quería hacerles sentir como si fuera un jardín zoológico con ellos como atracción. Mirar por satisfacer su propia curiosidad no es ayudar. Mirar para poder ver que hay que cambiar es ayudar.



Todo eso, el crecimiento que podía hacer en este tiempo, fue solo posible por las personas que me acompañaron en la experiencia. Las personas que viven su vida cotidiana allí. Que hicieron posible que podía venir, conocer algo tan distinto de mi mundo. Que me integraron en siguiente en la escuela cuando les comente mi deseo de poder participar también allí en un curso. Que me hicieron sentirme en casa en el medio del desconocido.


Y me despedí sonriendo pero con lágrimas. Lagrimas porque me hubiera gustado estar más tiempo y porque nunca es fácil dejar algo que se volvió en tu casa. Sonriendo porque se ahora que tengo mucho que regalar con mi vida y tengo las ganas de contar todo el mundo de la casa de los niños. Y más que nada tengo ganas de ofrecer mi vida para mejorar el mundo como ellos lo están haciendo.

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