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La vida es aquello que sucede cuando sales de tu zona de confort


Aunque dos meses puedan parecer un periodo de tiempo relativamente corto, dan para mucho si sus horas son bien invertidas. Dos meses fue el periodo establecido para ejecutar el Proyecto de Cooperación al Desarrollo que una de las profesoras de mi Facultad de Derecho de la Universidad de Málaga había desarrollado, el cual iba a tener lugar en el Centro Rincón de Luz, situado en Cochabamba, Bolivia, y para el que yo había sido seleccionada. Curiosamente, al principio me pareció un periodo un tanto largo, dado que llevaba fuera de mi país de origen, España, 9 meses, y sólo transcurrieron 3 semanas entre mi llegada y mi nueva partida a Bolivia, país del que sabía poco más que su localización geográfica y algún que otro detalle.


Así que me encontraba enfrentándome a dos situaciones nuevas: la de pasar un periodo de tiempo en un país que se veía envuelto en unas connotaciones económico-sociales que no había conocido antes, y la de verme inmersa en un voluntariado que iba a requerir una mayor implicación por mi parte de los que había realizado anteriormente.


La primera, que reconozco que provocó en mi alguna que otra preocupación antes de partir, me enseño una de las que considero, si no la más valiosa, de las más importantes lecciones de esta experiencia: que no hay que tener miedo a lo desconocido. Entre un correo electrónico un tanto alertador que recibí y lo que escuche de personas conocidas (de las cuales, todo ha de ser dicho, ninguna había estado en Bolivia) sobre la zona en la que se iba a desarrollar el voluntariado provocaron en mi una especie de rechazo, y me plantee si realmente era buena idea viajar hacia una zona totalmente desconocida y que todos tachaban de ‘bastante peligrosa’. Sin embargo, tras haber pasado dos meses en la misma, he de decir que no he tenido ningún problema, y creo que muchas de las ideas que se tiene sobre la zona sur de Cochabamba son infundadas. Es cierto que hay que tomar algunas precauciones (no es una zona en la que haya que salir de madrugada y, por lo general, al caer el sol es recomendado ir acompañado), pero no me he visto afectada por ninguna actividad que haya puesto en peligro mi vida o mi integridad.


En cuanto al voluntariado en sí, fue diferente a lo que yo tenía en mente (y de esto nuevamente aprendí bastantes cosas). Mientras que yo pensaba que me iba a dedicar, casi con exclusividad, a realizar los trámites necesarios para que el Centro de apoyo escolar Rincón de Luz obtuviera su licencia de apertura, de la cual carecía (circunstancia de la que traía causa el susodicho Proyecto de Cooperación y razón por la cual yo me encontraba en Bolivia), me encontré realizando otras tareas que igual necesitaban atención por parte de los voluntarios. De ello, saco en claro que en un voluntariado no sólo se va a desempeñar la función (o funciones) que llevan a uno a realizarlo, como si de algo estático se tratara, sino que hay necesidades que han de ser cubiertas, que puede que ya existan de antemano o que vayan surgiendo a lo largo del voluntariado. He de añadir que estas otras funciones son igual de enriquecedoras que la principal, pues al fin y al cabo, de todo se aprende (incluso de aquello que se puede considerar como insulso).


Haber realizado este proyecto me ha hecho apreciar más muchos aspectos que daba por sentando de mi país de origen, a pararme a pensar dos veces el por qué de las cosas, a replantearme conceptos que daba por sentado y, en general, a ser más agradecida.





Y dentro de esta última concepción, quiero agradecer una vez más a todos los que hicieron posible que pudiera formar parte de este proyecto. Animo a aquél al que se le presente la oportunidad a aventurarse, se recibe mucho de la misma, y a no dejarse llevar por miedos, pues, al fin y al cabo, la vida es aquello que sucede cuando sales de tu zona de confort.


Elena Hertz García.

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