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Líbano me confirmó la persona que quiero ser

  • 20 may
  • 3 min de lectura

Estaba muy curiosa y entusiasmada con la idea de viajar al Líbano: tenía muchas ganas de sumergirme en una nueva cultura, conocer personas, aprender de ellas y volver a desafiarme también con el dialecto levantino que había comenzado a estudiar en Jerusalén. Desde el punto de vista profesional, esperaba acompañar al responsable de proyectos y comenzar a comprender concretamente el trabajo en las diferentes fases del ciclo de proyecto, tal como se había acordado antes de mi partida, una experiencia que consideraba fundamental para mi futuro en la cooperación.

Al llegar me recibió un taxista: estaba un poco asustada por la incertidumbre, pero sobre todo curiosa por comenzar. Desde el primer momento me impactó la pobreza, especialmente la cantidad de niños en las calles en lugar de estar en la escuela.

Dentro de la organización logré integrarme bien, principalmente gracias a una compañera muy disponible que me guió en un contexto nuevo y complejo, además del apoyo de otro voluntario que ya se encontraba allí. Sin embargo, no siempre fue fácil: en la oficina hubo momentos de estancamiento en los que recibía pocas tareas y me costaba sentirme realmente útil. También esperaba que el programa acordado antes de la partida se siguiera al menos parcialmente y que mi tutor lograra involucrarme y acompañarme más, delegándome algunas actividades. Sin embargo, comprendo el peso de sus responsabilidades y sigo agradecida por la oportunidad y por el tiempo que me dedicó.

Paralelamente, viví experiencias muy fuertes y significativas. Entre las más hermosas, el trabajo de clasificación de medicamentos en el Barbara Nasser Cancer Center junto a Danielle, su dulce perrita Chipie y Stephanie, otra voluntaria, además de Celine y Lea, dos estudiantes de medicina y farmacia: un momento hecho de colaboración, intercambio de risas, historias y perspectivas, y también una oportunidad valiosa para practicar el idioma. Nunca olvidaré los rostros agradecidos de los médicos que venían a retirar los medicamentos que habíamos recolectado, clasificado y organizado.

También fue inolvidable el encuentro con Lamia, directora de una ONG que apoya a mujeres migrantes (principalmente de Etiopía, Eritrea y Sudán), trabajadoras domésticas que a menudo son víctimas de abusos y explotación, ofreciéndoles formación, enseñanza del idioma y, sobre todo, un espacio seguro donde puedan reunirse y apoyarse mutuamente. Me recibió como a una hija, preparándome excelentes almuerzos y permitiéndome aprender muchísimo de su experiencia, tanto en el plano humano como en el profesional. También llevo conmigo el cariño de Lydie y Joseph, que me acogieron en su familia haciéndome sentir como en casa.


El Líbano y su gente me dieron muchísimo: hospitalidad, generosidad, el valor de la vida comunitaria, fuerza, determinación, inteligencia, simpatía y ambición a pesar de las dificultades. Esta experiencia me inspiró profundamente tanto desde el punto de vista humano como profesional; me dejó aún más claro qué persona quiero ser y el trabajo que quiero hacer, confirmando mi deseo de trabajar en la cooperación al desarrollo/humanitaria y de seguir poniéndome al servicio de los demás.


Al final, puedo decir que la experiencia superó mis expectativas: intensa, breve, pero profundamente transformadora. Si por un lado me hubiera gustado recibir más acompañamiento profesional, por otro aprendí muchísimo de otras maneras. También me hubiera gustado quedarme más tiempo, pero entre la dificultad de encontrar nuevas oportunidades y el estallido de la guerra no fue posible.


Me llevo conmigo los rostros y las historias de las personas que conocí, y una conciencia aún más fuerte del privilegio en el que vivimos en comparación con tantas otras realidades. Sobre todo, me llevo la voluntad de ponerme al servicio de los demás en mi vida y en mi trabajo, para contribuir —aunque sea modestamente— a mejorar las condiciones de vida de quienes han tenido menos suerte.

 
 
 

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