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Emociones y transformaciones profundas

  • hace 2 horas
  • 2 min de lectura

Mi experiencia de voluntariado en Rincón de Luz, Cochabamba.



Antes de viajar, habitaba una mezcla de entusiasmo, curiosidad y también ciertas inseguridades. Sentía un fuerte deseo de implicarme en una experiencia de voluntariado que no solo fuera de ayuda para otras personas, sino que también me permitiera cuestionar mis propios privilegios y formas de estar en el mundo. Mis expectativas no eran solo “ayudar”, sino construir vínculos desde el respeto, el cuidado y la escucha, reconociendo las diferencias sin jerarquizarlas.


Al llegar a mi destino, atravesé emociones intensas: desde la incertidumbre inicial hasta una sensación progresiva de acogida. Fue la familia que me ha acogido quienes me recibieron, con una calidez que desarmó muchos de mis miedos. Aun así, no dejaron de aparecer dudas sobre mi lugar allí o sobre cómo no reproducir dinámicas asistencialistas o coloniales. Poco a poco, esas tensiones se transformaron en aprendizaje gracias a un entorno abierto y dispuesto al intercambio.


Lo que más me llamó la atención fue la riqueza cultural del lugar y las formas de comunidad que allí se construyen. Me impactó profundamente la capacidad de cuidado colectivo, así como la energía de los niños, quienes, incluso en contextos complejos, expresaban una vitalidad y una potencia transformadora increíbles. Esto me llevó a cuestionar muchas ideas preconcebidas sobre vulnerabilidad y fortaleza.



Mi inserción en la organización fue bastante fluida. Pude integrarme sin grandes obstáculos, gracias a las familias que viven en los alrededores del Rincon de Luz y que suportan la fundación.

Lo más fácil fue dejarme atravesar por la experiencia colectiva; lo más difícil, en cambio, fue sostener emocionalmente ciertas realidades sin caer en la impotencia, y aprender a situarme sin imponer mi mirada.


Aprendí a mirar el mundo desde una perspectiva más crítica y empática, reconociendo las desigualdades estructurales y también las resistencias cotidianas. Cambié en mi forma de relacionarme, intentando construir vínculos más horizontales, atentos a las diversidades y a las múltiples formas de existencia.


Al finalizar la experiencia, me sentía profundamente transformada. No solo había cumplido mis expectativas, sino que estas se habían ampliado. Me fui con una sensación de gratitud, pero también con una mayor responsabilidad respecto a cómo habito el mundo y me relaciono con otros.


Para la vida me llevo aprendizajes fundamentales: la importancia del cuidado colectivo, la escucha activa, y la necesidad de cuestionar constantemente las estructuras de poder que atraviesan nuestras prácticas. Me llevo, sobre todo, la certeza de que ser parte de una comunidad implica compromiso, sensibilidad y acción. Alice


 
 
 

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