Esto no es el fin del mundo, es el comienzo de una vida

 

Hace meses compré un billete con destino Cochabamba, Bolivia, para realizar un voluntariado en La Casa de los Niños.

 No sabía mucho más y, siendo sincera, tampoco necesitaba de más información para lanzarme a una aventura con la que llevaba soñando todo el año. Comencé el viaje emocionada, sin expectativas, con todos los sentidos alerta para no perderme ningún detalle y con los brazos abiertos para acoger una nueva forma de vida.

Llegó el momento de encontrarme en la otra punta del mundo en una casa rodeada de niños; muchos nombres, muchas historias. Pequeños con cortas vidas, abandonados, huérfanos, con enfermedades crónicas, con poca o mucha esperanza de vida, con tratamientos intensivos… Niños con parálisis cerebral, hidrocefalia, crisis epilépticas, leucemia, autismo o ceguera. Cada uno tiene sus necesidades, sus medicaciones, sus horarios, sus comidas, sus pañales, sus ropas, sus sillas. Cada uno tiene una vida, una historia; SU HISTORIA.

Los primeros días sentía caos, mi cabeza funcionaba a mil por hora, me veía rodeada de necesidades de niños que no abarcaba a solucionar, con mil funciones y ninguna en concreto. Me invadieron las dudas; ¿Realmente valgo para lo que ha sido siempre mi vocación? ¿Aportó facilidades o complicaciones? ¿Es este el lugar en el que yo confiaba formarme como persona? Me imaginaba trepando cuesta arriba y luchando cada día por hacerme más fuerte.

Las respuestas aparecieron solas y muy pronto. Era mi sitio, mi vocación, mi ilusión de vida. Durante todo este tiempo he realizado la rutina más bonita; me levantaba rodeada de niños increíbles (niños a los que, en muy poco tiempo, dejas de verle discapacidades y solo ves potencialidades) y hacía rehabilitación con todos ellos en la escuela. He podido vivir su vida, una vida llena de imprevistos, de badenes en el camino, de dolores, de días de esperanza y días de frustración, días de buenas noticias y de noticias que destrozan. He aprendido a vivir el día a día, no hacer planes de antemano, no adelantarme a los acontecimientos, dejarme a total disposición de cada uno de ellos. He aprendido a abrazar a la bebé cuya vida se estaba apagando para darle cariño en ese sufrimiento, a coger en brazos a un niño con tanta rigidez que no puede moverse, a dar de comer a un bebé que no sabe deglutir, a calmar a una niña en sus crisis de autoagresión. He aprendido aquello que nunca imaginé que fuera capaz de aprender.

Cada día, al levantar, era consciente del valor que tiene una vida, lo importante que son las personitas que estaban viviendo allí; pequeños que, a pesar de haberse encontrado solos en algún momento de sus vidas, han encontrado un hogar donde están rodeados de una familia que les cuidan y quieren como si de propios hijos se tratara. Personas que hacen de su vida un dar y un amar continuo; dan su vida por y para ellos. Sin egoísmo, sin egocentrismo, sin pesimismo. Con alegría, con esperanza, con fuerza, con vitalidad.

Necesitaría miles de páginas para poder contar, mínimamente, la felicidad y tranquilidad que se vive y siente en una experiencia como esta. Ahora, una vez terminada la aventura, continúo emocionada, con los pelos de punta al recordar, imágenes imborrables en la mente, nuevos sabores descubiertos, palabras clavadas y el corazón a carne viva. He vuelto con muchos niños por los que daría todo lo que tengo y con una felicidad inmensa al saber que están en el mejor sitio que podrían estar.

“Esto no es el fin del mundo, es el comienzo de una vida”