El valor de la escucha, el valor del silencio.

 

Me llamo Alessandro Moraes, tengo 27 años, participé como voluntario del Proyecto
MILONGA en la secretaría de la Escuela de Jóvenes por un Mundo Unido milONGa
EJMU -(Vargem Grande Paulista/SP, Brasil), y después, también a través de
milONGa, estuve en el Orfanato Familia Ya Ufaraiji (Nairobi/Kenia).

 

En 2016 en Vargem Grande Paulista/SP trabajé principalmente, en la organización de la secretaría y de la primera biblioteca de la EJMU. En aquel periodo sentí fuertemente que estaba construyendo, junto con todos los chicos que hacían parte de ella, la realización de un sueño que era precisamente esta la escuela. 

Animado por esa realidad vivida en esta experiencia, sentí el deseo de hacer otra después. Una vez que me recibiera, quería lanzarme a hacer otro voluntariado, sólo que esta vez más lejos, en una cultura diferente a la mía. 

Fue así, que en el 2018 partí rumbo a Kenia para trabajar en el Orfanato de los Padres de la Consolada en el instituto Familia Ya Ufariji; un orfanato que recibe a niños en situación de vulnerabilidad social y que tiene una escuela primaria. Allí pude trabajar en la secretaría del colegio, en la cocina del orfanato, en la huerta plantando algunos vegetales,  ordeñando vacas; en síntesis, ayudando a los niños en las tareas de la casa.

Para mí, participar del milONGa fué tal vez la forma de concretar mi deseo de ser protagonista de la realización de un mundo mejor, construyendo espacios de fraternidad y de intercambio. Yo quería hacer mi parte y me lancé en esta aventura, haciendo un período de voluntariado, siempre en la perspectiva de que cuando vas al encuentro del otro, nunca se regresa vacío; se retorna enriquecido.

 

Después de estos meses de voluntariado regresé lleno de muchas vivencias; hubo momentos en los que fue muy gratificante estar haciendo el trabajo que me propuse hacer, pero en realidad, esto era sólo la parte exterior de lo que uno realmente hace en una experiencia como ésta.

Más que realizar una actividad específica, en este proyecto uno realmente vive, intercambia vida y te hace sentir lleno de la realidad del otro.

Lo más importante, en mi opinión, son las relaciones que se construyen, cada mirada, cada abrazo, cada charla, son únicas y están totalmente revestidas de un carácter sagrado porque es el momento en que la otra persona te lleva en su corazón y tú la llevas en el tuyo.

El voluntario es, sobre todo, alguien que se lanza a aceptar la realidad del lugar donde va a trabajar, no a situarse como el «Salvador de la Patria»; va en la perspectiva de encontrar cómo puede ser útil para esa comunidad y crear, a partir de ello, relaciones concretas que se expresan más tarde en el servicio que cada uno será capaz de hacer para ayudar en la atención de las necesidades.

 

Una de las cosas que más aprendí en milONGa y que me llevo para mi vida, fue el valor inconmensurable de escuchar.

Yo que como característica soy inquieto y me gusta mucho hablar, aprendí el valor del silencio; la preciosidad de tomarme el tiempo para escuchar libremente lo que el otro tiene que decir, vaciandome de cualquier prejuicio o respuesta lista para ser escuchada por el otro que la necesita, para darle un espacio total a él, y si al final, la persona quiere saber lo que tengo que decir, podemos construir juntos, ella y yo, una solución a esa dificultad.

Hoy, después de muchos meses de de haber terminado la experiencia, veo cómo sigue viva, no sólo en las muchas historias felices que cuento o en las fotos que están en mi celular y en las paredes de mi casa, sino que está viva porque puedo recrearla en mi vida cotidiana siempre que trato de acoger al otro tal como es y de la manera en que necesita ser acogido, independientemente de su posición política, su género, su clase social, su origen y su cultura.

Siento que la experiencia del proyecto de  milONGa estaba y está viva cada vez que me lanzo a tender puentes de fraternidades con todos.

Mirando hacia atrás, es bueno sentir que valió la pena; que valió la pena vaciarse para dar cabida al otro, y lo que queda es una eterna gratitud por los momentos tan bellos vividos, por las personas fantásticas que conocí, quienes eran verdaderas compañeras de viaje y que me enseñaron muchas cosas fantásticas, y, finalmente, una invitación también a todos a lanzarse en esta aventura que vale la pena vivir.