HASTA PRONTO BOLIVIA!

 

Me llamo Mónica y en este verano, de un momento a otro y a las corridas, como sucede tantas veces en mi vida, decidí ir a hacer una experiencia de voluntariado con la intención de vivir al máximo el poco tiempo que tenía a disposición.

Por esta razón me sumergí en la vida boliviana sin perderme nada: comí, tomé y probé todo lo que pasaba por mis manos como una niña que descubre sabores e perfumes por prima vez. Pasé momentos en silencio (también porque inicialmente no sabía el idioma) contemplado los ríos, pasé por ellos a pié, en moto y en carro con la misma tranquilidad que lo hacían todos, como si para mí fuera la cosa más del mundo.

 

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Pasé días enteros bailando en las calles y en las casas, ya que justo llegué en medio de una gran fiesta que se hace para la Virgen de Urkupiña; vi los trajes y bailes tradicionales, y aprendí uno que otro paso. También vi la pobreza y no fue nada fácil, sobre todo cuando me encontré delante de niños cuya casa era una caja de cartón. Pero después también vi sonrisas, ojos felices di bebés que solo necesitan tener a alguien que pase tiempo con ellos.

 

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Durante mis jornadas, primero en el jardín Clara Luz y después en el Centro Rincón de Luz, jugué, jugué y jugué; enseñé un poco de gimnasia artística y seguí jugando. Trabajé con las profesoras haciendo aquello que en ese momento se necesitaba más: desde ayudar a hacer las tareas, dar de comer a los niños, pelar las verduras…y en este ayudarnos mutuamente construí verdaderas amistades.

Una de las cosas más importantes que me llevo a casa, es precisamente cada de las personas che conocí, desde los niños hasta las maestras y las familias, quienes abrieron sus casas para mí y poco a poco me empezaron a considerar parte de ellos.

 

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Uno de los momentos más lindos que viví fue cuando Itania, una de las profesoras del jardín, me envió una foto nuestra con un escrito que decía: Gracias Mónica, fuiste y serás una gran amiga·. Lloré cuando tuve que despedirme de ellos porque de verdad me sentí amada en cada momento.

Durante este mes en Bolivia aprendí muchas cosas, desde cómo se hace el chocolate hasta  tomar un trufi (“autobus” boliviano) sin perderme en Cochabamba; pero sobretodo recibí mucho más de cuanto me haya podido imaginar. Aún en los momentos más difíciles (pasé dos días prácticamente encerrada en casa por el frío y con la ducha de la que sólo salía agua congelada) sentí el calor que me dieron las personas que estaban cerca de mí jugando a las cartas conmigo o tomando mate juntos por la tarde.

 

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Pienso que será imposible olvidar una experiencia así; es más, la única frase que tengo en mi cabeza es: ¡HASTA PRONTO BOLIVIA!