Una experiencia de vida comunitaria que todavía no termina

 

Experiencia de Salvador Padilla

Desde el primer día que llegué a la Mariápolis El Diamante me sentí muy acogido. Inmediatamente constaté en quienes vivían allí, un genuino deseo de vivir el Evangelio en las distintas actividades que se realizaban. En mi caso, empecé a trabajar con Pilar en la biblioteca, con Edgar en el mantenimiento y con Hugo en el taller de carpintería y serigrafía.

Observé relaciones muy fraternas entre todos y me llamó poderosamente la atención la relación tan cercana y pura entre varones y mujeres. Pude compartir muchos momentos en los que pude conocer un poco más sobre la vida de cada una de las personas con quien compartía. Con algunos en especial logré profundizar más en la amistad, hablando sobre temas profesionales y también personales.

Una de las temáticas más recurrentes en mis conversaciones correspondía a la posibilidad de que se pudiera diseñar y ejecutar un proyecto de transición agroecológica en los terrenos de la Ciudadela. Junto con las personas responsables de la Mariápolis empezamos a ver cuáles serían las actividades que podríamos empezar a realizar.

 

Allí fue donde comencé a trabajar más en serio en el proyecto del nuevo lombricompostero para un mejor manejo de los residuos orgánicos de la ciudadela. Dicho proyecto fue ideado en compañía de Economía de Francisco – Puebla y la financiación fue cubierta por Economía de Comunión – Puebla; siendo así un logro conjunto de todos los involucrados.

Adicionalmente se abrió la oportunidad de sensibilizar a los estudiantes del Colegio Santa María sobre la crisis socioambiental por la que estamos pasando en el mundo entero y también poder transmitir alguna solución a pequeña escala. Las directivas del colegio aceptaron la propuesta y se dictó el taller “Teenfluencers”, bajo la Metodología 6×1 organizado por el PIP (Promoción Integral de la Persona). Gracias a ello tuve la posibilidad de difundir estas inquietudes y alternativas a un grupo de 20-25 alumnos de secundaria del colegio, quienes empezaron a compostar sus residuos orgánicos en casa.

De este modo creo que he podido vivir los valores orientadores del programa de voluntariado milONGa: solidaridad, gratuidad, interculturalidad, compartir, hacerse uno, reciprocidad, participación y fraternidad. Considero que se han establecido relaciones que van a perdurar mucho tiempo y que también he podido activar mi ciudadanía con diferentes niveles de incidencia.

En la ciudadela he podido aproximarme a la realidad de una forma diferente. He podido constatar que no vinimos al mundo a hacer dinero, sino que vivimos para amar. Parece algo muy simple, pero de verdad marca profundamente la lógica, el ritmo y el sentido del trabajo y la vida entera. Alejarse de la competencia y fomentar la cooperación. Alejarse de la explotación y promover el desarrollo de los otros seres. Y no sólo los seres humanos, sino de toda la creación.

 

En ese sentido, me da mucho gusto haber contribuido a que la Mariápolis haya retomado uno de sus objetivos como comunidad en relación con el diseño y la ejecución de un proyecto ecológico integral. Personalmente me he involucrado en dos comisiones: una referente a la redacción de una declaración donde todos como comunidad asumimos este proceso de conversión ecológica integral y otra comisión donde haremos un diagnóstico de las diferentes áreas de trabajo.

Entonces para continuar con dichos trabajitos, espero regresar a la Mariápolis muy pronto.

“Siervos inútiles somos”. ¡La gloria sea, siempre y en todo momento, para Dios!
¡Gracias por todo!